“Un repoludo gaiteiro/ de pano sedán vestido/ como un principe comprido,/ cariñoso e falangueiro/ antes os mozos o pirmeiro/ e nas cidades sin par,/tiña costume en cantar/ aló pola mañanciña/ con esta miña gaitiña/ás nenas ei de engañar…” (Rosalía de Castro)
En mi pueblo al instrumento musical sexual masculino los hombres también le llaman la gaita. Las mujeres hablan de la gaita en la más oculta y oscura intimidad por lo que sus fraseos son ininteligibles para un músico sordo como yo. “Me duele la alma y la gaita” dice el poeta pastor enamorado Grisóstomo y todos nos imaginamos (somos muy de la Mancha en mi pueblo) a la pastora Marcela correteando por los prados con las vacas inclinadas sobre sus propios pescuezos, pastando aburridas ajenas al ajetreo, en algún momento habrán de detenerse gaita, gaitero, pastor y crítica musical. Se paran, se aquietan los ánimos y escuchan el dulce sonar, acompañado de cencerros, liras celestiales y el coro de los grillos, ahí comienza el concierto mitológico al estilo de Giorgione. Sin embargo los que presumen de gaita no suelen ser los que mejor tocan, afinan el ronco o suben una octava de nivel al punteiro. Puesto que el idioma se devalúa con el uso indiscriminado e inapropiado de las palabras, tal vez por influjo del inglés, o del árabe de nuevo, “Gaita” ha empezado a ser más bien palabreja que usan los abuelos para dirigirse a la parte de los niños que más gracia les hace, a excepción de las sonrisas y de las canciones habladas de los infantes que, hasta que cumplen una provecta edad de pocos años, son unos raperos consolidados que usan la gaita para mear, ya que para cantar no les hace falta, todo es poesía dadaísta y hay campeonatos de regueifas a la salida de la escuela en los que los perdedores se mean el pantalón. Hay gaiteiros que son todo pulmón y otros que soplan ingenuamente. Aunque la gaita tiene más partes, tan solo una lleva velamen y el mascarón de proa es inútil en su canción susurrante sobre la mar que es la mujer atenta; los farrapos son gallardetes que cantan victorias pírricas sobre enemigos rendidos de antemano tras una romería de la Virgen, con pulpo, chorizos al vino, vino de Monterrey, carne ó caldeiro, tarta de Santiago, licor café , nocturnidad y ganas de bailar al son de las gaitas colectivas como en las profanas bacanales que han pasado de moda hasta cierto punto, ahora las llaman raves y las gaitas suenan en la clausura, momentos antes de que entre la guardia civil antidisturbios y decomise unos gramitos de hierba por aquí, unos gramitos de coca por allá y unas pastillas de colores que se han caído a las puertas de una autocaravana. Después vienen los de las basuras del ayuntamiento afortunado y con un soplador de hojas van arrinconando los condones usados contra la pared, los cascos de botellas de cerveza, de vodka, de ron, de bebidas energéticas. Se apagan los bafles y las gaitas se guardan en la funda hasta la próxima concentración de moteros frioleros alrededor de una fogata. Todo lo que cuesta trabajo no deja de ser una gaita. Y la gaita, a veces, ya es una gaita.